Una vuelta a la Laguna del Náinari

La Laguna del Náinari en Ciudad Obregón no es solo un área de esparcimiento dentro de la ciudad, pues es sin duda uno de los principales elementos con que se define la personalidad del lugar

Por: Esmeralda Chayrez Grijalva

Este fin de semana la Laguna se llenó de gente como solía pasar antes de la pandemia. Con mi mamá y mi hermana, tuvimos que rodear todo el deportivo antes de encontrar estacionamiento, atentas a cualquier espacio vacío. Para ser sincera, me distraje un poco cuando pasamos frente a la Casa de la Cultura; recordé aquella vez en que fui con una amiga al estreno de la serie en la que aparecía. Seguimos buscando hasta salir a la calle Morelos, y luego de regreso.

No había mucha gente caminando ni haciendo ejercicio, que suele ser a lo que van las personas entre semana. La mayoría se encontraba en la sección de los cocos, aunque ahora se vende de todo además de cocos; vimos incluso un cartel en el que se anunciaban hamburguesas y boneless, y ni rastro de los cocos por los que todo mundo iba a la Laguna del Náinari hace varios años. Irremediablemente me acordé de mi abuela, quien dejó de decir “Vamos por un coco a la Laguna” para decir “Vamos por unos Tostitos a la Laguna”.

Nuestra vuelta alrededor de la Laguna empezó hacia el final de la sección “de cocos”, donde las farolas de luz empiezan a dejarle espacio a las sombras. Caminábamos en sentido contrario a las manecillas del reloj, e íbamos en silencio, tal vez porque el clima, aun a las últimas horas de la tarde, no nos invitaba a hablar. Yo miraba los árboles. Los miraba desde las raíces que salen del suelo hasta las hojas en lo alto formando un arco sobre nosotras, preguntándome cuántos años llevaban ahí. Recordé una vez en que fuimos con mi papá y vimos un árbol cortado. Era un árbol viejo y ancho. “Puedes saber cuántos años tiene un árbol por el número de anillos que tiene su tronco”, nos dijo mi papá ese día. Yo debía tener alrededor de 7 años, pero recuerdo pensar que prefería no saber cuántos años tenía ni un árbol si para saberlo debía cortarlo. En la Laguna hay árboles viejos. Podría abrazarlos y mis brazos solo rodearían la mitad del tronco. ¿Cuántos anillos será eso?

Una parte del camino alrededor de la Laguna corre en paralelo a la calle Kino. Los carros pasan muy cerca en esa parte, por lo que nos pasamos al sendero interior. Hace poco más de diez años este segundo sendero no existía. La Laguna era un enorme charco de agua rodeado por un solo camino de tierra con hileras de árboles a ambos lados. Creo que fue en 2010 cuando la vaciaron. La Laguna se quedó sin agua, y podíamos atravesarla caminando. Yo nunca lo hice porque a mi mamá le daba miedo que la tierra se hundiera y nos tragara. En fin, la vaciaron, construyeron fuentes danzantes que nunca a nadie le ha parecido que bailen, construyeron un segundo camino de tierra por dentro y después la volvieron a llenar con agua, mucha agua. 

Por ahí caminábamos nosotras, con carros pasando a nuestra derecha y a la izquierda los sauces llorones en la orilla del agua; de repente soplaba un poco de viento, siempre caliente. Creo que fue ahí cuando hablé por primera vez. “Están secos”, le dije a mi mamá y a mi hermana. Las tres observamos los sauces llorones, las ramas pelonas, los troncos inclinados, notablemente mucho más pequeños que hace unos meses. “¿Será porque no ha llovido?”, pregunté. Recordé la conversación que tuve con mi hermana unos días antes, donde llegamos a la conclusión de que está lloviendo en toda la República Mexicana excepto en Ciudad Obregón.

Hablamos un poco más sobre la contaminación del agua de la Laguna (que se veía roja unos días antes) con los ruidos de la Kino de fondo, hasta llegar al cruce con la calle Ostimuri, esa culebrita que corre entre la Laguna y el ITSON. Cuando camino por ahí pienso que es mi parte favorita de la Laguna. El sendero se dobla y serpentea al igual que la calle, y si caminas en una línea completamente recta podrías caer. La calle se separa de la laguna más adelante, donde está el gimnasio. Entre semana es un área llena de vida, con personas haciendo ejercicio dentro y fuera del edificio. A veces hay música de las clases de zumba, pero ese domingo solo había silencio y luces apagadas y una banca solitaria que miraba hacia el agua. Me pregunté qué pasaría si me sentaba ahí toda la noche, cuántos patos vería nadar frente a mí. Tal vez me asaltarían, o a alguien se le haría fácil llevarme. Ya nadie sabe qué puede pasar. Preferí dejar de fantasear.

Justo a un lado del gimnasio está el Parque Infantil Ostimuri. En la barda que corre junto al camino de la Laguna hay unos carteles de metal con la leyenda “Favor de no molestar a los animales”, vestigio de cuando el Parque Infantil fue también zoológico. Ahora los carteles están vandalizados, y hace años que no hay animales. Yo digo que así está mejor. 

Seguimos avanzando hasta llegar a El Discóbolo, donde doblamos a la izquierda y ¡henos de vuelta en la sección “de cocos”! Ahí empezamos a caminar sobre la calle. Hace unos años era una calle de verdad por donde transitaban carros, pero con la inauguración de las fuentes “danzantes” la cerraron, y ahora es un lugar para pasear, donde pasan personas en bicicletas rentadas y niños pequeños conduciendo carros pequeños y jóvenes patinando y el señor que vende globos y el niño que llora mientras la mamá se come un raspado de ciruela. 

Durante la pandemia instalaron en la orilla de la calle puestecitos de madera, considerablemente más pequeños que los puestos de cocos, y con aun más variedad. En uno encontramos atrapasueños, y en el de al lado una señora vende pósters de anime y bandas coreanas. Yo me compré unas papitas en el puesto junto a ese, y me senté a comérmelas en otro puesto, en uno de raspados, donde mi mamá y mi hermana compraron uno cada una. 

Hacía calor como hace calor por las noches en Obregón. Entre la gente corría todavía menos aire, y de todas partes nos llegaba el sonido de voces riendo y hablando, de niños en los columpios o saltando y los resortes de los trampolines chirriando. Minutos después, de regreso en el carro, pasamos sobre la calle Kino junto al camino que acabábamos de recorrer como incontables veces antes en nuestras vidas. 

Al otro lado de la Laguna las luces de los puestos se reflejaban sobre la superficie oscura del agua. Al final de mi larga cadena de recuerdos, encontré las emociones que esas mismas luces despertaban en mí cuando era pequeña y la Laguna parecía la fosa más profunda del mundo. “Si te metes a nadar en la Laguna te convertirás en pato”, solía decirnos mi mamá cuando éramos niñas, seguramente para evitar que nos aventáramos al agua. Si pudiera reencarnar en un animal, definitivamente quisiera reencarnar en uno de los patos de la Laguna.

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