Una noche en Barrio Antiguo

Una de las zonas más antiguas de Monterrey es el Barrio Antiguo. Repleto de viejas casonas y calles pedradas, este sector se erige desde el siglo XVIII. Actualmente, su vida nocturna proporciona a diferentes grupos de la población el espacio perfecto para caminar, despejarse y convivir con amigxs.

Por: Myrel Izaguirre | @fantasiasmyrel

Si bien Barrio Antiguo es un lugar emblemático de Monterrey, escoger un tema o parte de la cual hablar es difícil. Podría enfocarme en el mercado de los domingos, o en los espacios culturales como MARCO y el Museo de Culturas Populares, o los cafés y librerías. Pero en un intento de no sonar como una promotora turística, en las siguientes líneas quisiera hablar de una noche que pasé en Barrio Antiguo, donde fui a varios lugares del centro de la ciudad y con el hecho de que ahí me encontré una convivencia con personas de distintos orígenes que convergían en un mismo lugar, aunque fuera por solo unas horas.

Calle Morelos. Barrio Antiguo. 10 p.m. 

Camino sobre la calle Dr. Coss hasta donde cruza con la calle Morelos. Veo el tráfico de la gente que está llegando en carro y a pie con la intención de pasar su noche en las calles de Barrio. Las personas me pasan de largo mientras espero a mis amistades, esta noche decidimos ir a Meteoro. Me llega un mensaje, son mis amigas, llegarán tarde. Reflexiono un poco sobre los antros que están ahora en Barrio Antiguo, recuerdo que antes nuestros padres no querían dejarnos ir porque hubo una época por ahí del 2010 que era muy inseguro. Pero afortunadamente, todo cambia.

A mi derecha volteo y veo Casa Morelos, veo gente joven, en tacones, vestidos y camisas enseñando sus identificaciones a los cadeneros, esperando entrar. Cuando tenía 18 años, iba a los antros de Centrito Valle, en San Pedro. Yo también usaba tacones y vestidos con la esperanza de que me dejaran entrar a uno de los antros. Frecuentemente estaba este aire de discriminación, había cierta incertidumbre tangible y miedo en no saber si nos dejarían entrar esa noche o no, por nuestro atuendo, aspecto o comportamiento. En Barrio Antiguo nunca he sentido ese temor, nunca he sentido que me traten distinto por mi color de piel o mi manera de vestir. 

Pienso que en Monterrey hay dos lugares donde la vida nocturna reúne a los jóvenes de todos los contextos sociales: Barrio Antiguo y Centrito Valle. Lo que, para mí, diferencia estos lugares es la energía que se siente en su atmósfera. Es difícil de explicar; cuando vas a San Pedro sientes una presión por encajar, inclusive diría que la prioridad es destacar. 

A diferencia de esos antros en los que forzosamente te venden botellas y botellas a miles de pesos, en el centro de la ciudad puedes disfrutar de una caguama con tus amigxs, viéndose bailar en el espejo de Meteoro Disco o escuchando bandas en vivo en el Café Iguana. 

Después de un rato, llegan mis amigas. Estamos caminando hacia Diego de Montemayor y damos vuelta a la izquierda y luego a la derecha en Padre Mier:  nuestra primera parada será Patio Barrio. Subimos a la terraza y pedimos de tomar unos litros de palomas y cubas. El D.J. invitado es muy bueno, pone perreo del viejo desde temprano y nos la pasamos a gusto; hay luces rojas y estamos bailando junto a desconocidxs en una bolita. Hay un chico bailando con una guitarra acústica en su espalda y me río para mis adentros porque siempre hay alguien así en las fiestas, y es que este lugar se siente así, como si fuera a una fiesta en una casa. A pesar de lo cómodas que estamos decidimos ir a otro lugar, bajamos las escaleras y salimos para dirigirnos a Café Iguana. 

Cuando era niña, escuchaba a mis primos mayores hablar sobre este lugar, “el iguanas”. Les gustaba ir a ver bandas de rock y tomar con sus amigxs. Esto fue por ahí del 2011, cuando Monterrey era víctima de una ráfaga de violencia que invadió todo el país. Recuerdo que mis primos, en su plena juventud, dejaron de salir por las noches. Para los regiomontanos, –al menos los que me rodeaban– el Barrio Antiguo era sinónimo de inseguridad.

Café Iguana fue uno de los lugares más afectados, sé que cerró sus puertas por un tiempo. Sin embargo aquí estoy, entrando por un pasillo poco iluminado mientras revisan mi bolsa, así como mis primos hace más de una década. Pienso en toda la gente que dejó de venir a estos lugares por miedo, pienso en la gente que no tiene ni idea de lo que estoy hablando. Parece ser que la memoria colectiva se ha ido borrando o, al menos, no le pertenece a las generaciones más nuevas. 

Diego de Montemayor. Barrio Antiguo. 11 p.m. 

Ya dentro de Café Iguana, subimos a la terraza para poder platicar y decidir si nos quedamos o nos vamos a otro lado. Abajo está tocando una banda de heavy metal y hay bastante gente rodeando el escenario central. Mientras subo las escaleras veo sus caras llenas de euforia mientras disfrutan del concierto, hay personas jóvenes y mayores, vestidas de negro o de colores llamativos, algunas grabando y otras solo escuchando. Cada quien está en su pequeño mundo, pero a su vez está reunido ahí gozando la música.

Arriba me encuentro a un amigo, me dice que conoce a los que están tocando y que vino a verlos. Trae una caguama en la mano y unx de sus acompañantes trae una cámara profesional, para tomar fotos de la banda. Les digo que probablemente nos vayamos porque mis amigas y yo queremos bailar, lxs invitamos pero prefieren quedarse. 

Diego de Montemayor. Barrio Antiguo. 11:15 p.m. 

Salimos y ahora nos dirigimos hacia nuestra última parada de la noche. Sobre la misma calle, está Meteoro. Hacemos fila durante unos 15 minutos, después de pagar el cover y que nos pongan una carita feliz en los brazos, entramos. Anteriormente, este lugar se llamaba Astro, durante la pandemia cambió de nombre, y el Astro original se reubicó en Obispado. Ms. Nina suena en las bocinas, inmediatamente voy a comprarme una caguama y mis amigas van por shots de 15 pesos. Ahí también me encuentro gente, son amigas de la universidad, otra amiga se encuentra a una compañera de trabajo. “¡Nos vemos en la oficina!” escucho durante su intercambio. Hace bastante calor por lo que nos movemos cerca de un ventilador. Y es ahí, mientras bailo con mis amigas cerca de la mesa del D.J. que concluyo que no es coincidencia haberme encontrado a tanta gente ese día. ¿Cuánta gente no se topará cada fin en Barrio? Gente de la oficina, de la universidad, reencuentros de secundaria o preparatoria. También, ¿cuánta gente convive y disfruta de lo mismo, sin saber nada del otrx? No conocía más que a cinco personas esa noche en Meteoro, la persona a mi lado podría ser completamente ajena a mí en cuanto a características y espacios sociales, pero por esa noche, estábamos bailando lado a lado. 

Sin importar quién seas, ni de dónde vengas, en estos espacios todxs somos iguales, todxs tenemos que hacer fila, tenemos que pagar y tenemos que aguantar el mismo calor.

Calle Morelos. Barrio Antiguo. 2 a.m. 

Al final de la noche, los antros cierran y toca salir a la calle de nuevo. Caminando otra vez sobre Morelos, puedo ver una multitud de gente enfrente del Seven Eleven, en la calle Dr. Coss, esperando a sus Ubers, yendo por sus carros en los estacionamientos que colindan o disfrutando de un hot-dog para recobrar energías. En esos momentos, todxs buscamos regresar a casa.

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