Un día en la Línea 3

La Línea 3 del metro tiene poco de inaugurarse, lee esta crónica que toma lugar en sus vagones

Por: Kiara Enríquez | @kiaracev

El día que conocí la Línea 3 del metro fue un día inesperado. Mi novia y yo habíamos ido a Galerías Monterrey para buscar el traje de mi próxima graduación. Al salir del centro comercial el día se sentía caluroso; no como esos días que te hacen sudar a montones, sino como esos días en los que el calor se disimula por el viento.  El metro pasaba justo arriba de nosotras con su típico ruido trepidante y la brisa característica de su paso veloz. Hace días habíamos leído en las noticias que recién se había inaugurado la Línea 3 y, después de 8 largos años, hoy era una oportunidad de conocerla.

Mi novia y yo nos miramos con complicidad y respondimos con un gesto que ella y yo entendimos. «Vamos», dijimos y tomamos un camión frente a la plaza comercial que nos dejaría en Mitras, la estación final de esa ruta en la que puedes intercambiar tu boleto de autobús por uno de metro. Subimos las escaleras y una vez que llegamos a la elevada estación nos sentimos como al llegar a una nueva ciudad, todo se sentía nuevo para nosotras.

Yo había escuchado que los vagones para esta línea eran nuevos; por eso me los imaginaba modernos y con los vidrios claros como espejos. Pensé que todas las personas que iban con nosotras en el camión bajarían a la estación para abordar la Línea 3; pero solo nosotras dos y una persona más, subimos las nuevas escaleras eléctricas (esto sí era nuevo ya que las únicas escaleras eléctricas en el metro están en las estaciones de la Línea 2). Al bajar de las escaleras llegamos a la estación Félix U. Gómez Línea 3, que se encuentra todavía más arriba de la estación principal. 

Uno no espera que Monterrey tenga una vista tan espectacular, pero la ciudad se veía más activa que nunca desde esa altura. Ya era tarde, eran alrededor de las 6:15 pm y las luces de la ciudad comenzaban a encenderse y fundirse con el atardecer para dar paso a la noche. El metro tardó unos 5 minutos en pasar, por lo que mi novia y yo nos dimos a la tarea de analizar muy bien cada detalle de la estación Félix U Gómez Línea 3, todo se veía muy nuevo y brillante. Realmente la estación estaba muy vacía a comparación de sus líneas hermanas, donde subir a las 6 de la tarde es todo un reto. En esta línea se respiraba una paz donde la incertidumbre de obtener asiento no pasaba por la cabeza de nadie. 

Al llegar el metro la verdad es que no era el más nuevo, los vagones parecían salidos de las líneas anteriores pero, ¿qué importaba? Todo lo demás estaba en perfectas condiciones, incluso las paredes brillaban por la ausencia de pisadas y rayones de marcadores. Nos sentamos sin un rumbo fijo y sin saber a dónde íbamos, lo único que hicimos en todo el trayecto fue mirar por la ventana partes de la ciudad que nunca nos habíamos imaginado ver. Cada que parábamos en una estación me aseguraba de leer los letreros como si en un futuro necesitara recordar el nombre de cada una de las estaciones para dar una dirección. No sabía dónde estaba, pero de todas maneras intentaba recordar los nombres por si algún día era necesario.

El vagón se sentía en paz, nadie bajaba y durante el recorrido solo una persona subió en nuestro vagón, todos estábamos respetando las medidas de la sana distancia debido a que no era necesario amontonarse, había espacio para todos. Cuando llegamos a la estación Hospital Metropolitano un guardia subió a nuestro vagón y nos dijo «hasta aquí llega el metro, ya es la ultima estación, tienen que bajar y si quieren ir de regreso deben cruzar al otro lado». Nos sacó de nuestros pensamientos y bajamos de manera precipitada. Caminamos hacia las escaleras eléctricas para cruzar por la parte de abajo de la estación para poder cambiar de línea e ir de regreso a nuestro departamento; vimos otra vez la estación con cuidado, la pintura, los elevadores y las barandillas brillantes, partes de estaciones nuevas que son prueba del poco uso.

Nos subimos de nuevo al vagón de la línea. El atardecer empezó a llegar poco a poco entre las montañas, no era cualquier atardecer, era uno como pocos, naranja, azul y morado. El cielo se coloreaba con esos tres colores que se difuminaban entre sí y contrastaban con las pequeñas luces de la ciudad. El metro permitía mirar el atardecer desde un lugar privilegiado gracias a su posición elevada. Después del recorrido por la línea entera llegamos a donde empezamos, con la esperanza de volver de nuevo a pasar por las tranquilas estaciones de la Línea 3.

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