Un año sin clases presenciales

Reflexiones de una alumna que detalla su sentir tras un año de no poder regresar a los pasillos de campus Monterrey

Imagen de: Dezeen

Por: Karla Ortiz

La mayor parte del tiempo podría contestar que sí, que llevo meses ya acostumbrada a esta rutina de la vida virtual en tiempos de pandemia, casi a la totalidad. Mi fórmula es simple: trato, mas no siempre con éxito, de concentrarme en mis pendientes del día a día e intento consumir la menor cantidad posible de noticias sobre el virus y su propagación. Sin embargo, ahora que nos encontramos a días para cumplir un año bajo cuarentena, confieso que me duele cuando me doy el tiempo de recordar y sentir. Hay ratos en donde pauso el modo automático de mi existencia y reconozco todo aquello que he aprendido a enterrar y silenciar.

Sucede que al mirar en retrospectiva, hay bloques de este año que no logro distinguir. Pareciera ser que hay pedazos del tiempo convertidos en una gran masa amorfa: cada día ligeramente distinto y con matices imperceptibles de diferencia pero al final del día, han sido agrupados sin distinguirse en mi memoria. Hay momentos en los que pensar en la vida antes de la pandemia llega a parecer como un mero producto de mi imaginación. ¿Realmente éramos tan libres? Admito que el reproche solo me lleva a sentirme peor pero conforme siento esa vida más lejana, más me cuestiono sobre ella. 

Estoy a un año de graduarme y quisiera saber si alcanzaré a volver a las aulas de mi universidad como estudiante una vez más. Extraño muchas cosas de mi rutina, en especial aquellos rituales que brindaban momentos de confort en particular: reunirme con mis compañeres en Carreta para comprar un café justo antes de un parcial, esperar a que diera la una para comer con mis amigues y así escucharles hablar de su día…  incluso extraño la adrenalina al correr para ver si alcanzaba a tomar el elevador para mis clases en el sexto piso de CIAP. ¿Qué será de aquellos negocios aledaños al Tec sin la vida que brindábamos lxs estudiantes? Y cuando regresemos, ¿tendremos la misma relación con los animales y la naturaleza dentro del Campus? Me pregunto tantas cosas que probablemente no logre encontrar sus respuestas en el confinamiento. 

Cuando más triste me siento, llego a pensar en este año como uno robado. Es cierto que hemos encontrado nuevas maneras de conectar con nuestros seres queridos pero, ¿quién nos regresará este tiempo en aislamiento? Tiempo en donde pudimos haber recorrido en las aulas, topándonos con gente que con solo verlas nos podían sacar una sonrisa. ¿Cómo no extrañar lo impredecible que resultaban nuestros días ahora que vivimos en monotonía? 

Por más que medite y ponga de mi parte para controlar mi ansiedad y tristeza, mi hartazgo no muere, solo se transforma. A veces lo tolero, a veces no lo siento, pero su presencia permanece. Quiero volver a quejarme de las filas para recoger la agenda a inicios del semestre, caminar de una aula a otra y en el proceso ver los stands de grupos estudiantiles y de aquellas personas que visitaban el Tec. Al menos una vez más. Sé que la pandemia eventualmente acabará pero nuestros años de universidad no se repetirán. Aún así, confío en que vendrán tiempos mejores donde seamos más unidxs, más conscientes. Estoy bastante segura que después de esto no daremos por sentado lo que más nos hace sentir vivxs y felices. Incluso aquellas situaciones llenas de estrés y frustración, en retrospectiva, se vuelven momentos tolerables gracias al estar en comunidad. Pero por mientras, quizás solo necesite un último “te veo en el Jardín de las Carreras” para alivianar la añoranza y nostalgia que tanto duelen en mi corazón al vivir a la distancia. 

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