Traidores de la Revolución

La violencia que ejercieron los bolcheviques será por siempre su legado sanguinario

Imagen de: El Confidencial

Por: Mariana Castro | @pendejisimx

En tiempos recientes, con el alza en popularidad de plataformas como Tiktok y Twitter, se ha podido observar un resurgimiento de ciertas ideologías de izquierda.  Entre estas se destaca el comunismo predominantemente asociado con el régimen bolchevique instaurado previo a la constitución de la Unión Soviética en 1922. Al ser el referente principal del movimiento comunista en el imaginario mundial, los apologistas de la URSS han tomado la oportunidad para adjudicarle a la misma los pilares de libertad revolucionaria y mutua cooperación sobre los cuales se sostuvo, en su momento, la Revolución Rusa. Esto ha llevado a una glorificación masiva de la Unión Soviética, incluyendo su pasado bolchevique y a sus líderes por parte de ciertos círculos izquierdistas. Es así que se ha reducido el cuestionamiento de los métodos de la misma a una mera crítica burguesa y liberal. Sin embargo, la cuestión de la legitimidad de la URSS como estándar aspiracional y como máxima expresión de los principios comunistas continúa, por lo tanto debe continuar siendo un tema ampliamente debatido entre lxs izquierdistas del día de hoy.  

            Uno de los pilares fundamentales sobre los cuales se construye la ilegitimidad de la Unión Soviética como proyecto revolucionario es su estatismo fanático constituido a partir del dogma de que el fin justifica los medios. Posterior a la Revolución de Octubre de 1917, y con el fin de estabilizar un régimen envuelto en una precaria fragilidad política, se creó la Chekà o Checa, una organización de inteligencia policiaca y militar con el propósito de “suprimir y liquidar todo intento de «sabotaje contrarrevolucionario»”. Sin embargo, el proyecto que se creó con el fin de hacer uso de la violencia como medio de defensa ante las presiones imperialistas y “contrarrevolucionarias”, se convirtió rápidamente en un vehículo para la legitimación de la violencia y la institucionalización del terrorismo. Con respecto a esto, la anarquista Emma Goldman escribió: “ese terrorismo engendra contrarrevolución y, a su tiempo, él mismo se vuelve contrarrevolucionario”.  

Otro de los sucesos que marcaría la pauta sanguinaria y represiva que caracterizaría a la Unión Soviética a lo largo de su historia es la Rebelión de Kronstadt de 1921. Esta consistió en un alzamiento de los marineros de la isla de Kronstadt en oposición a las autoridades bolcheviques, después de que estas se manifestaran en contra de una resolución avalada por dieciséis mil trabajadores y civiles. En esta  pedían libertad de expresión y prensa para anarquistas y otros miembros de los partidos socialistas, la liberación de todos los prisioneros políticos involucrados en movimientos obreros, entre otras peticiones de la misma índole. La respuesta de los representantes de la Rusia bolchevique fue fabricar la acusación de que el líder de los marineros era realmente un antiguo general del Ejército Imperial, por lo que fueron acusados de alta traición; exigían la rendición inmediata de los trabajadores revolucionarios so pena de ser exterminados. Fue así que el 7 de marzo de 1921, Trotski comenzó a bombardear la ciudad, y diez días después, la fortaleza de Kronstadt fue tomada y puesta bajo el yugo totalitario del régimen bolchevique. Los marineros y anarquistas que habían sido elogiados por el mismo Trotski como el “orgullo y la gloria de la Revolución” habían sido exterminados bajo el nombre de la Revolución Social y la República Socialista.

Es por estas acciones tomadas en contra de la clase trabajadora, ligadas a un fuerte sentimiento antirrevolucionario, que la Revolución Rusa no puede ser confundida con el aparato coercitivo y autoritario que representó el régimen bolchevique. La Rusia soviética reprimió activamente cualquier intento de reivindicación por parte de los trabajadores de los derechos que se reservaban exclusivamente para los miembros de la burocracia gubernamental; todo empeño encaminado hacia la liberación de la clase obrera se encontró con represión y violencia institucionalizada. Derechos básicos, tales como el derecho a la libertad de expresión y de prensa, fueron despojados de los ciudadanos rusos bajo la absurda aseveración de que “no puede haber libertad de expresión durante un periodo revolucionario”, expresada por el propio Lenin. La constante persecución y el posterior exterminio de anarquistas y otros colectivos detractores del gobierno fue justificado —y legitimado— bajo la premisa de que eran potencias contrarrevolucionarias, cuando fueron estos grupos opositores los últimos que mantuvieron vivo el espíritu de libertad revolucionaria que desembocó en los sucesos de octubre de 1917. Las medidas sanguinarias de los bolcheviques pintaron un panorama en donde el estado y la revolución eran principios mutuamente exclusivos, en donde, explica Goldman: “el cautiverio se convirtió en el destino del proletariado ruso [en donde] fue reprimido y explotado en nombre de algo que más adelante debía traerle comodidad, luz y calidez”. 

La violencia que se perpetró en contra de los trabajadores rusos en el nombre de la Revolución bajo la autoridad suprema del régimen bolchevique será por siempre el legado sanguinario heredado por sus figuras y líderes. Estos transformaron al comunismo y a sus principios de mutua cooperación en la religión del Estado y, como tal, desalentaron la actitud crítica hacia ella y reprimieron cruelmente a quienes se atrevieron a cuestionarla. Fue de esta manera en la que los bolcheviques se convirtieron en traidores de la Revolución y en una amenaza activa en contra de la lucha por la liberación del proletariado, quien había sido el mayor propulsor en su ascenso al poder. En su afán por proteger la frágil legitimidad política que habían logrado hasta ese entonces, la clase dirigente y las instituciones militares que protegían sus intereses adoptaron una postura persecutoria y violenta bajo la delirante consigna de que protegían la revolución. Sin embargo, se olvidaron de que el fin último de todo cambio social revolucionario es establecer la santidad de la vida humana, la dignidad de las personas y el derecho de todo ser humano a la libertad y al bienestar; la aparición del Estado bolchevique no solo fue ineficiente al instaurar el tipo de cambio que dictan estas pautas, sino que trabajó activamente en contra de ellas.

Dicho esto, queda clara la necesidad de una óptica que revisite los vergonzosos hitos del comunismo y revise con una mirada crítica los crímenes que se ejecutaron bajo su nombre. La glorificación del pasado bolchevique no solo imposibilita este proceso, también menoscaba los atentados —perpetrados y justificados desde el Estado— en contra de los trabajadores comprometidos con la causa revolucionaria. La perpetuación de la narrativa soviética de los héroes nacionales del comunismo no hace más que legitimar la apología a la persecución y el exterminio político, que excusa los crímenes que se cometieron con este fin.

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