Todos vivimos en las Noches blancas

Las noches blancas son un fenómeno que pinta con luz el cielo nocturno de verano en las regiones polares, y convierten a San Petersburgo, en Rusia, en el escenario perfecto para una de las primeras obras del escritor Fiódor Dostoyevski

Ilustración de Nicolai Troshinsky, recuperada de: Escaramuza

Por: Esmeralda Chayrez  

Conocido principalmente por su obra maestra Crimen y Castigo, Fiódor Dostoyevski es uno de los muchos escritores rusos que se han posicionado como grandes expositores de la literatura universal. Entre sus trabajos más tempranos está la novela corta Noches Blancas (1848), en la que se empieza a vislumbrar la profundidad psicológica con la que el autor da vida a sus personajes. La narración transcurre a lo largo de cuatro noches durante el verano Peter-burgués, por lo que está llena de la luz que otorgan las noches blancas, y sigue la historia de un hombre, cuyo nombre permanece desconocido, al encontrarse con una desconocida desconsolada. La trama de la novela yace en el diálogo que, noche tras noche, se da entre los personajes, por lo que ellos y su psicología resultan ser el verdadero acto central.

El primer personaje, este hombre misterioso y solitario quien hace de narrador, se define a sí mismo como un “tipo”, un soñador, “una criatura del género neutro”. Los largos monólogos dentro de su conversación pintan no solo el carácter de una persona que se ha aislado de la sociedad, sino que en ellos brilla el sentimiento tan conocido por todos de buscar algo qué amar y, casi, algo qué extrañar. Es excéntrico, ingenuo, enamoradizo, y cae enamorado de Nastenka, Nastenka “nada más”, el segundo personaje de la obra. 

Se la encuentra en una de esas bellas noches blancas sobre un puente, llorando por el prometido que no aparece, y la salva del ataque de un hombre. Ella, al igual que el narrador, vive en su mundo, ensimismada. La diferencia entre ambos, sin embargo, es abismal. El mundo de él está lleno de sueños, en el de ella habita uno solo: casarse con el hombre que ama y escapar de la abuelita a la que está “prendida” con un alfiler. En el camino a lograr su objetivo, Nastenka hace gala de mil y una contradicciones, se pierde con cada palabra que dice y se encuentra solo con paredes. Cuando cree que ha llegado a una solución, Dostoyevski, amo del diálogo, hace girar los engranajes en el cerebro de la pobre muchacha para que termine perdida de nuevo.

Podría decirse que son ellos dos los únicos personajes principales, pero estaríamos ignorando a un personaje crucial para entender la obra: San Petersburgo. La ciudad sirve de escenario y a la vez como compañera del protagonista, quien materializa sus sentimientos a través del lugar que habita. A San Petersburgo, a sus habitantes y a sus edificios se dirige como a viejos amigos, a ellos les dedica pasajes enteros dentro de la obra y a ellos regresa todo el tiempo, a veces encantado, otras profundamente triste y nostálgico. Al entender esto, resulta hasta lógico que el personaje principal, el narrador, no tenga nombre, pues adopta el nombre del que lee, del que se ve en sus palabras y se enamora junto con él de San Petersburgo. Dostoyevski conoce los sentimientos y las emociones del mundo, y con ellos da ojos al personaje, nosotros nos convertimos en él y amamos su ciudad con él. Lo mismo pasa con Nastenka. Sus encrucijadas resultan hasta molestas, hasta que se topa con espejo y ¡oh! nos vemos a nosotros contradiciéndonos, indecisos, enamorados y orgullosos.

Las noches blancas se presentan casi como la manifestación natural de la psicología de ambos personajes. Por un lado, las noches son blancas al estar iluminadas por los mil sueños de un “tipo” que le dan personalidad y alma a una ciudad bella; por el otro lado, son también la contradicción perfecta en la que vive Nastenka, Nastenka “nada más”. 

Dentro de la historia hay pasajes que se convierten en monólogos, pero no resultan molestos, no solo por el estilo del autor, sino porque es principalmente a través de estos largos pasajes que brilla el diamante en bruto que, más adelante, se convertiría en el renombrado Fiódor Dostoyevski. Su entendimiento de la psicología humana y los demonios que la definen lo llevan por un camino que brilla por el misterio, por el desconocimiento: ¿qué es aquello que nos une a todos, qué tenemos todos en común? Vernos a nosotros mismos en una novela escrita hace más de 100 años por un hombre ruso nos invita a embarcarnos en una reflexión que cada día resulta más importante, pues en la actualidad la empatía es un factor clave para luchar contra problemas sociales como el machismo, el racismo y las desigualdades; ver más allá de las nacionalidades y demás constructos sociales es crítico en momentos donde el odio hacia lo otro parece la norma. Noches blancas no es una gran obra solo por el detalle psicológico de los personajes, sino porque a través de ese detalle nos muestra que hay algo que trasciende el tiempo y el espacio para seguir presente en los humanos, uniéndonos. La unidad y la fraternidad entre los humanos, más allá de una ideología religiosa, son decisivas al atravesar una pandemia mundial que solo se superará con la colaboración de todos.La historia que se vive en Noches Blancas es maravillosa y triste; es una oda a la hermosa y horrible San Petersburgo y a los sentimientos más humanos de nuestros corazones. Es el diálogo que se da entre los dos personajes principales el motivo que le da existencia a la historia, son ellos quienes la hacen avanzar, detenerse y adentrarse en ese rincón de nuestras mentes que no podemos nombrar, donde los conceptos son de aire y no hay forma de tocarlos, solo se sienten como un vendaval que nos deja trastocados tras su paso. Al menos, así se sienten las Noches Blancas de Fiódor Dostoyevski.

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