Poeta en Nueva York 

La historia de Nueva York, es una historia de movimientos y rompimientos. Una historia de migraciones, de grandes fortunas, de nuevas ideas que marcaron el devenir moderno

Por: Paola González | @norapaolags

What is darke in me, illumine

-John Milton

Cuando Lorca viajó a Nueva York en 1929 lo hizo en medio de una depresión que lo aquejaba. Su deseo de cruzar el aire y agua del Atlántico surgió de un fracaso sentimental y problemas emocionales que tenía debido a su orientación sexual. Viajó primero a París, visitó el Louvre. Luego a Inglaterra, donde fue a Oxford. Durante todo el trayecto a NY, se decía arrepentido de haber emprendido el viaje. 

Si bien la primera impresión que tuvo Lorca de la ciudad estadounidense fue favorable, rápidamente encontró las objeciones a la ciudad moderna, ideas que fueron parte del cúmulo intelectual de la época. Lorca presenció la caída de la bolsa en septiembre de 1929 y vivió ahí durante los primeros meses del declive de la gran economía estadounidense, lo que implicó para él el refuerzo de su postura anticapitalista que se puede apreciar en el poemario. Que una de las influencias del poeta para escribir Poeta en Nueva York haya sido T.S Eliot ya nos dice mucho del ambiente que se vivía en ese momento. 

Lorca percibía que lo complejo de la ciudad rebasaba cualquier coyuntura personal, aunque no abandonó el estado contemplativo ni la melancolía durante su estancia. El poeta nunca vió la publicación del poemario, cuyo manuscrito terminó en México después del exilio de los intelectuales españoles durante la dictadura de Franco. Los versos de Poeta en Nueva York vieron la luz por primera vez en las editoriales de México y Estados Unidos. 

Tengo que decir que el poemario no me cautivó cuando lo leí. No era ni de cerca la mejor obra de Lorca. Que el tema fuera Nueva York lo hacía aún peor. Yo, una férrea enemiga de lo impositivo de la ciudad, de los rascacielos y del desastre estadounidense que alberga el microcosmos de esa pequeña isla en el Atlántico, no podía leer nada que hablara de la gran manzana y su violencia. Pero cuando entré al metro, no tuvo que pasar ni un minuto en el túnel para que los versos de “El nocturno de Battery Place” saltaran ante mis ojos. Brutal modernidad neoyorquina.

Mi visita a la ciudad se dio en un contexto similar al de Lorca, pero solo por unos días. Bien les pude haber escrito a mis papás lo que él a los suyos “No tengo la culpa de muchas cosas mías. La culpa es de la vida y de las luchas, crisis y conflictos de orden moral que yo tengo”. La ciudad me conmovió de muchas maneras. Las disparidades de la ciudad fueron lo primero. No te toma ni un día darte cuenta de las divisiones raciales que existen y que están en cada lugar que visitas. Lxs que te atienden en los restaurantes de comida rápida, lxs guardias de los museos y las personas en situación de calle son, en su mayoría, personas negras. 

Los anuncios del metro, en inglés y en español, revelan la condición migratoria de la ciudad, compuesta por un 20% de latinos, lo que supone ⅔ de la nueva población neoyorquina en la última década. Si bien NYC aún esta lejos de Los Ángeles (donde alrededor del 40% de la población es latina), la realidad es abrumadora. En cantidad, no obstante, no son tan lejanos. En Nueva York viven alrededor de 5 millones de latinos, mientras que en Los Ángeles viven 6 millones. 

No me imagino que la Nueva York de Lorca haya sido muy distinta a esta. Las grandes cantidades de migrantes que recibió Estados Unidos en el periodo entre guerras arrojaban una imagen similar a esta. La ciudad, además de personas, alberga muchas de las obras producto de las ideas que ella misma simboliza: el arte de las vanguardias. Si bien no fueron creadas en Nueva York y muchas de estas obras albergan un oscuro pasado de expolio en sus marcos y lienzos, fueron adquiridas por coleccionistas y millonarios estadounidenses -entre los que destacan de manera muy predominante Solomon Guggenheim y J.P Morgan-. Algunas fueron heredadas por familias europeas, traídas por migrantes y otras recuperadas, como es el caso del famoso retrato de Adele Bloch Bauer I de Gustav Klimt, que se exhibe en la Neue Gallerie frente a Central Park. 

La historia de la ciudad es, por lo tanto, una historia de movimientos y rompimientos. Una historia de migraciones, de grandes fortunas, de nuevas ideas que marcaron el devenir moderno. Quisiera decir que vemos el declive estadounidense en esta ciudad, pero sería asumir una modernidad tardía que no sabemos si ha llegado. Lo que sí podemos ver en cada rincón es la historia del siglo XX, como la describió Lorca, con sus momentos ilustres y sus tremendas caídas. Una ciudad que todavía, para muchos, es una promesa. 

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