Narco, arte y Estado: el fenómeno de Peso Pluma

Por: Nora Paola González

Hace un mes México se levantó con la noticia de que la canción “Ella Baila Sola” de Eslabón Armado y Peso Pluma ocupaba el primer lugar en el Top 50 Global en Spotify, después de la presentación del artista en el Festival de Música y Artes de Coachella. Recuerdo que ese día íbamos saliendo del departamento y le pedí a mi novio que la pusiera en el carro. Cuando escuché los instrumentos, vino la dulce melodía de la música de mi casa a mis oídos. A él le sorprendió que una canción regional mexicana estuviera en el Top 1 Global; a mí no. La diferencia de ambas reacciones muy polarizantes en México y el origen del éxito de Peso Pluma es lo que quiero analizar en las siguientes líneas. 

¿Por qué sorprende que esta canción sea Top Global? El mundo estaba escuchando una canción regional mexicana -un corrido- del norte de México que no tenía problema en cruzar la frontera musical. La sorpresa radica en que es la zona equivocada del Norte de México la que está colocándose en el top global. Las canciones de Peso Pluma, aunque del Norte, contienen mezclas del norteño-banda del noroeste de México, aunado al trap, el rap y el reguetón. “Ella Baila Sola” fue producida, además, por uno de los grupos emblemáticos del sierreño sinaloense: Eslabón Armado. Peso Pluma había colaborado con más grupos musicales que producían la música regional del noreste de México, uno de estos Natanael Cano, representante del corrido tumbado en el país y que tuvo de influencia -al igual que Peso Pluma- a Ariel Camacho, oriundo de Guamuchil, Sinaloa. No son pocas las colaboraciones que la doble P ha hecho con artistas del noroeste que se adscriben a los mismos movimientos artísticos: Raúl Vega, Gabito Ballesteros, Junior H, Codiciado de Tijuana, Jaziel Aviles y Luis R. Conriquez. 

La capital del corrido 

Mientras que la Ciudad de México, Monterrey y Guadalajara son sinónimos de éxito y de progreso mexicano, Culiacán se ve como una zona de barbarie, una waste land dominada por los grupos más violentos de delincuencia organizada en el país. No hay nada de Culiacán y mucho menos de la sierra sinaloense que la sociedad mexicana entienda y, aunque Peso Pluma es de Guadalajara, se adscribe a una tradición totalmente sinaloense que hace mención a las ciudades de este estado dentro de sus canciones. Cabe mencionar que la familia de Peso Pluma es de esta región. 

Nadie puede negar que la recepción del corrido ha cambiado y de las canciones generadas en esa zona de México han cambiado. Hace 10 años cuando llegué a Monterrey no me bajaban de “naca” por escuchar norteño-banda, sin embargo, no creo que esa fuera la palabra con la que querían definir mi gusto por el género. Lo que en realidad querían decir era que era una bárbara, salvaje, ignorante, bestial y bruta por escucharlos. La banda era el sinónimo de la anti-civilización. Estaba bien escuchar a Intocable, Pesado y quizás a los Tigres del Norte, pero ¿y si decías que te gustaba Valentín Elizalde y el Recodo en SPGG y relacionados? Suicidio social. Ahora ha permeado en las filas de la población más joven de Nuevo León. En mis salones de preparatoria no dejaban de escuchar a Peso Pluma, mucho antes de que tocara el Top 1 Global. 

La reacción mexicana al éxito de Peso Pluma evidenciaba el mismo discurso de la barbarie y la anticivilización de esa zona del país .A las clases altas no les gusta que los grupos populares se coloquen dentro del spotlight, como fue el caso del abucheo de Grupo Firme en la NFL en México. Comentarios como “Está haciendo apología de la violencia” “Son los culpables de la narcocultura en México” leía constantemente en Twitter o escuchaba de la gente en las reuniones sociales. La abyección de Sinaloa es brutal, pero algo en los últimos años ha cambiado en la percepción de esa región y es lo que ha generado esta avasalladora presencia en el imaginario cultural. 

Aquí siguen sus hijos 

Lo que cambió en estos últimos 10 años fue una colonización cultural de las narrativas del narcotráfico en México, generadas sustancialmente por la construcción narrativa promovida desde el Estado, al retomar el famoso discurso del war on drugs de Nixon durante el calderonato. La importancia que se le dió al Chapo Guzmán en sus capturas, la presencia de los cárteles en el discurso estatal y en los medios de comunicación llevaron a una mitificación del narcotráfico en México. El último golpe a esta mitificación fue el Culiacanazo, que sepultó a Culiacán como la capital de la barbarie pero también como un foco de atención internacional. A esto se le suma que los que cantan corridos ahora se ven como cualquier artista excéntrico que usa Louis Vuitton y Balenciaga y se ha abandonado la figura distante del narcotraficante con sombrero. 

En nuestro país el narcotráfico ya había calado en la cultura desde hace tiempo. La serie Narcos México llamó la atención global y consagró a artistas como Tenoch Huerta, que ahora ha colaborado con Disney en la producción de películas de Marvel. Dentro de la literatura me puedo cansar de mencionar textos que describen este fenómeno desde varias perspectivas, por citar algunos: Trabajos del reino de Yuri Herrera, Temporada de Huracanes de Fernanda Melchor o Perras de Reserva de Dahlia de la Cerda. Durante casi dos años me he cansado de ver la imagen de Emma Coronel en la portada del texto de Anabel Hernández en la sección de best sellers de las librerías comerciales de México que he visitado. 

Sí, las narrativas del narcotráfico ya estaban presentes en el imaginario cultural mexicano. Mucho antes estuvieron presentes en el imaginario americano con las películas de El Padrino de Francis Ford Coppola. ¿Por qué con El Padrino o las películas de Martin Scorsese no nos preguntamos sobre la apología de la violencia? ¿Por qué no decimos que tanto la canción de Peso Pluma como la película de Coppola son obras de arte? Principalmente por una cuestión de clasismo y la “vulgaridad” relacionada a la música sinaloense. Y también porque es mucho más fácil adjudicar la crisis de violencia que vivimos en el país a algo que es mucho más visible y no a las fallas estructurales del país en el que vivimos. 

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