Nada especial en la democracia de Estados Unidos

"Estados Unidos de América, como cualquier otro país, necesita más que palabras vacías y nacionalismo para sobrevivir"

Imagen de: REUTERS

Por: Rita Gutierrez González | @AUTHORITARIAN

Cuando el 6 de enero un grupo de fanáticos y supremacistas blancos irrumpieron en el Capitolio parecía ser que tanto los medios de comunicación como los actores políticos estadounidenses estaban pasando por una disonancia cognitiva a nivel nacional. Se vieron incapaces de comunicar lo sucedido en el Capitolio sin asociarlo con Latinoamérica, África o el Medio Oriente.

Esa misma incapacidad de atribuir sus fallos exclusivamente a los Estados Unidos se repitió cuando, a raíz de una nevada histórica y temperaturas bajo cero, gran parte de Texas experimentó un apagón. La gente se quejaba al ver los estantes de supermercados locales vacíos diciendo que “parecía Venezuela” y no podía creer que estaban sufriendo carencias de servicios básicos “como si estuvieran en Siria”.

Este tipo de discurso, en el que se finge sorpresa por eventos que no solo eran predecibles sino que fueron abiertamente planeados en redes sociales, también deja implícito que solo ciertas personas en otros países son las que deben sufrir, no ellos.  Solo ciertos países pueden colapsar mientras que Estados Unidos jamás llegaría a esos niveles de declive, por más que parezcan estar intentándolo. Lo que hay detrás de este discurso es el mito del excepcionalismo estadounidense y hay que ser francos: no hay absolutamente nada especial en los Estados Unidos de América como democracia.

Estados Unidos de América, como cualquier otro país, necesita más que palabras vacías y nacionalismo para sobrevivir. Es extraño que hubiera personas genuinamente sorprendidas por lo sucedido en el Capitolio cuando en ese momento de la historia E.U.A. era uno de los países que peor estaba manejando la pandemia, el apoyo a las personas desempleadas (que crecían de a millones por semana) era mínimo. Hasta la fecha se tiene un ambiente político extremadamente polarizado y se le permitió a Donald Trump y a su equipo de abogados mentir a sus seguidores por semanas acerca de un fraude electoral que nunca existió. Cualquier otro país que hiciera tan poco por asegurar elecciones pacíficas sería, como mínimo, criticado por el resto de la comunidad internacional sino es que sujeto de algún grado de intervención extranjera para tener apoyo durante y después de que se llevaran a cabo las elecciones.

Este tipo de vía libre que se le da a los supremacistas blancos en Estados Unidos tiene sus consecuencias. Hasta la fecha hay múltiples ciudadanos que tenían la certeza de que Donald Trump sería nombrado presidente legítimo el 4 de marzo, además de que hacen todo lo posible por castigar a sus representantes locales republicanos por no apoyar a Donald Trump cuando se alegaba de manera infundada que hubo fraude electoral. Es tal el nivel de fanatismo que, poco menos de la mitad de los republicanos registrados, dejarían el partido si Trump cumpliera su palabra de crear un nuevo partido.

Pretender que Estados Unidos siempre será la excepción le permite a sus funcionarios ser consistentemente mediocres a la hora de lidiar con problemáticas internas; ya que siempre se pueden excusar en que nunca antes habían presenciado un evento así y que sus fracasos son la excepción que confirman la regla. Este discurso, a su vez, permite borrar la lucha y el sufrimiento de los sectores de la población marginados que siguen experimentando violencia sistémica. Este discurso está detrás de muertes que son tanto reales como dolorosas. Basta con comparar los sectores de la población con mayor tasa de muertes durante la pandemia con el sector de la población que está siendo vacunado con mayor rapidez y, para la sorpresa de nadie, resulta que los más vulnerables van al último en la lista de prioridades.

Tampoco es cuestión de quién resulta ser el partido mayoritario en todas las cámaras legislativas, si bien lo que se experimentó con Donald Trump fue catastrófico para muchos, ahora los demócratas tienen mayoría en ambas cámaras legislativas y aún así tienen dificultades al tratar de pasar sus propias propuestas. Sería demasiado inocente pretender que veremos en los próximos años cambios sustanciales dentro de la política estadounidense, como lo puso el propio Joe Biden a donadores “todo permanecerá relativamente igual”.  Pero insisto, sería un respiro de aire fresco para todos los demás el no tener que pretender que Estados Unidos es un ejemplo a seguir.

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