La resiliencia de la danza: Ballet de Monterrey

Andrea de León es una bailarina profesional de ballet. A dos años del inicio de la pandemia, nos comparte cómo esta impactó la danza y sus aspiraciones

Por: Rita Gutiérrez | @AUTHORITARIAN

Siguiendo esta serie de entrevistas sobre el impacto de la pandemia a lo largo de los años en la vida de jóvenes artistas, Andrea de León, bailarina desde la niñez y actualmente parte del Ballet de Monterrey, nos cuenta cómo fue resistir la contingencia desde la trinchera de la danza.

La primera vez que conversé con Andrea de León fue a inicios de la pandemia, cuando tan solo se podía hablar de los múltiples cambios que sus ensayos habían tenido que tomar. Esto sucedió a raíz de las circunstancias y culminó en tratar de mantener a flote sus producciones a pesar de la imposibilidad de tener funciones ante un público. Ahora, a dos años de la pandemia, De León tiene una perspectiva mucho más clara sobre la versatilidad de la danza profesional y lo que se asoma.

A inicios de la pandemia en aquel 2020, la compañía de danza Ballet de Monterrey, como muchas otras, transfirió todos los ensayos a un espacio digital para poder seguir con las normas del distanciamiento social. Tomar las clases y ensayos desde casa rápidamente hizo muy obvio para los bailarines que la danza, a diferencia de otras ramas artísticas, no estaba hecha para realizarse enteramente en el espacio digital: 

«Era estar en un espacio super reducido por lo general. Con el piso demasiado duro, sin ver a tus compañeros, sin ver al maestro. Todos esos impedimentos, de repente el piano no se escuchaba bien o la música se trababa, todo eso sí llegó a ser muy frustrante”, admite Andrea. 

Ese tipo de restricciones no llegaron a ser sostenibles para los bailarines por lo que buscaron diferentes maneras de volver a prácticas más rutinarias: «Pasamos quizás tres meses aislados, o un poquito menos. Sí estaban intentando [la compañía] no mantenernos aislados tanto tiempo. Por lo mismo que notaron que no iba a funcionar, que la compañía no iba a funcionar, empezamos a regresar a los ensayos presenciales en grupos pequeños y como quiera muchísimos de nosotros de la compañía dijimos: voy a dejar de bailar, me voy a ir a hacer otra cosa».

La imposibilidad de llevar a cabo eventos presenciales y de funciones de ballet completos llevaron a que varios de los bailarines de la compañía vieran sus horas de trabajo reducidas y por lo tanto su sueldo: 

“Al inicio de la pandemia nos habían bajado las horas de trabajo, hasta quizás la mitad, para reducir sueldos y así reducir gastos. En muchas compañías fue así, no solo en México, también en Estados Unidos y Europa, por lo que escuché de compañeros míos que trabajan en esos lugares”. 

La ansiedad era tal que los propios bailarines exploraban distintas maneras de encontrar proyectos más diversos: “También otra cosa muy importante es que entre nosotros los bailarines comenzamos a buscar otras cosas. Si es que la compañía no funcionaba, si por alguna razón cerraba, pues buscar qué hacíamos nosotros».

Fue durante este mismo periodo lleno de incertidumbre en el que Andrea se inscribió en su carrera actual de Psicología, aunque no abandonó la danza por completo pues, durante las noches toma clases y durante el día va a la compañía de danza. Esa necesidad del medio presencial también se tradujo en que los bailarines no solo quisieron sumarse a pasatiempos más diversos, sino que también idearon alternativas para poder seguir teniendo funciones, a pesar de la restricción de aforo en interiores:

“Comenzamos a bailar en parques para poder estar frente a más público. Para que no estuviera tan aislado todo”. Esta búsqueda los llevó también a lugares algo inesperados, pues, entre risas, me comenta que bailaron en un monasterio, para los monjes.

Sin embargo, como es el caso en otras expresiones artísticas, la pandemia también resultó en la oportunidad de que los bailarines tuvieran aún más maneras de mostrar su creatividad: 

«También hubo una vez que se convocó a los bailarines a coreografiar. Entonces tuvimos una función que fue coreografiada y bailada por nosotros, profesionales de ballet. Y eso nunca se había hecho. Sí salió esa oportunidad pero honestamente salió de una falta de presupuesto y porque se necesitaba variedad. Entonces creo que seguimos bailando pero a menor escala. Los programas eran menos formales, más pequeños y más cortos. Aunque ahora cada dos meses teníamos una función. Creo que por lo mismo que no teníamos mucho material y que estábamos menos ocupados nos dejaron a los bailarines ser más creativos. Creo que ya no hay espacio para eso, como ya hay funciones establecidas para ciertas fechas”.

Esas ocasiones tuvieron un efecto duradero para varios en su trayectoría profesional: «Y también de las otras oportunidades que tuve durante la pandemia surgieron proyectos muy padres. También un compañero, en la función donde montamos coreografías, él montó una super bonita, muy padre. Y de esa función el director actual [de la compañía] como que vio un video de la función y para la función de marzo le comisionó una coreografía a él, a Julio. Entonces como que le abrió campo para mostrar su trabajo, con bailarines profesionales y en forma. Ahora sí el Ballet de Monterrey y Julio Barro, coreógrafo. Entonces nos trajo ese tipo de oportunidades y el espacio para explorar ámbitos en los que no nos habíamos metido antes”.

A estas alturas del 2022, parece ser que las actividades han regresado a la normalidad casi en su totalidad, al igual que las horas de trabajo para los bailarines: «Sí pienso que ya estamos como antes, incluso quizás tenemos un poquito más de carga. Desde agosto ya regresamos al sueldo normal y regresamos paulatinamente a salir más tarde. Porque durante la pandemia a veces a la 1 p.m. ya estábamos libres, pero ahora estamos de 9 a.m. a 4 p.m.”.

Cuando hablamos sobre la resiliencia que tenía el medio de la danza como un arte, Andrea estuvo de acuerdo en que ocurrió mucha más resistencia a la adversidad que la esperada: «Cuando apenas regresamos a las funciones sí era un aforo de apenas el 30% y a veces nos preguntábamos para quién estábamos bailando y qué hacíamos ahí. Pero vemos que cada vez va subiendo más el aforo, la gente tiene menos miedo de regresar al teatro. Vemos que a veces se agotan los boletos de repente. Y ya que esto estuvo mejorando pues la gente comenzó a ir más de lo que nosotros nos esperábamos, y se veían emocionados”.

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