La memecracia representativa

"El uso de memes es una reacción natural al ridículo que representa la política en México"

Por: Juan Islas | @juanislasv

Basta pasar unos cuantos minutos en cualquier red social para ver una enorme cantidad de memes. Esto no es ninguna novedad. La creatividad humana parece no conocer límites, y el humor como medio de canalizar dicha creatividad es especialmente agradable para propios y extraños. Las redes sociales, como punto de encuentro virtual para millones de seres humanos, se han vuelto el laboratorio por excelencia no solo para quien busque opinar lo que le plazca sobre tema A o B o C, sino también para quien busca hacer reír, ironizar o satirizar. Y este fenómeno es particularmente vistoso cuando se tratan temas políticos.

En este espacio argumentaré algo bien sencillo; evidente, incluso. Que el compartir memes es una forma válida de hacer política. En efecto, puede ser la única forma de hacer política que muchos jóvenes—y otros no tan jóvenes—tienen a disposición. Esto no solo a causa de la actual emergencia sanitaria, sino además por falta de tiempo debido a compromisos académicos y laborales. De manera específica, en nuestro país, donde el debate serio y profundo de cuestiones políticas e ideológicas es prácticamente inexistente, el uso de memes es una reacción natural al ridículo que representa nuestra clase política.

Primero hay que definir el concepto de meme. ¿Qué es el meme? De acuerdo con la segunda acepción de la palabra en Urban Dictionary –sin duda la fuente más confiable en torno a cuestiones etimológicas– ”no es una palabra, es una forma de vida”. De forma algo más seria, lo defino como una idea transmitida por medio de símbolos a través de internet, con el propósito particular de generar risa, no solo para quien lo hace, sino para quien lo ve, un tercero. Por idea me refiero a concepto, expresión, pensamiento o situación. Por símbolos me refiero específicamente a los diversos tipos de multimedia: imágenes, texto (“mucho texto”), videos, GIFs, entre otros. Es un fenómeno expresivo y colectivo—un inner joke— del que muchos formamos parte. 

La política es un poco más complicada de definir. Me quedo con la definición de Jonathan Wolff de “filosofía política”. A saber, la política contesta a dos preguntas: “¿quién consigue qué?” y “¿quién lo decide?”. La primera se refiere a la distribución de recursos materiales y jurídicos (libertades y derechos). La segunda corresponde a algo más divertido, con mucha más carnita: el poder político; es decir, quién tiene derecho de dar órdenes y de castigar a quién no las cumpla.

Desde luego, el meme no es necesariamente político. Vaya, no es uno de sus elementos “esenciales”. Más bien, lo político se trata de una característica accidental: no necesaria para que algo sea considerado un meme. Pero cosas interesantes suceden cuando se agrega el ingrediente político a la ecuación. La idea que transmite el meme se convierte en una crítica al sistema político; trasciende el terreno del humor y se adentra en la zona del quehacer político. Me remito a poner dos ejemplos: los memes de Ricardo Anaya camino a *inserte pueblo o ciudad* y los de lxs changxs Lupe y Joakin. 

Después de poco más de dos años de exilio, el otrora candidato a la presidencia de la república regresó a redes sociales aproximadamente al inicio de la pandemia, con el propósito de promover la publicación de su libro. Algún tiempo después la agencia de mercadotecnia que lo asesora pensó que sería una fantástica idea ponerlo a pueblear, a explorar México como si de un Safari se tratara. Lo hemos visto montado en una combi y en Metro, comiendo taquitos en compañía de trabajadores de la construcción, de camino a Puebla, de camino a Veracruz, recorriendo diez municipios del Estado de México. Vaya, lo hemos visto hasta atrapado en una tormenta de arena en el desierto de Chihuahua.

A partir de dichas aventuras, sabemos que a Ricardo Anaya le molestan dos cosas: ver tanta pobreza y que la gente se gaste su dinero en caguamas. Además de eso, ¿qué otra cosa ha aportado a la agenda pública este particular juego mediático? No mucho, salvo un diagnóstico superficial de la situación del país, insuficiente en contenido—atinado en algunas cuestiones, como su crítica a la reforma de la Ley de la Industria Eléctrica, clasista y chafa en su comentario de las caguamas—y risible en lo que a propuesta se refiere. Por ello, por lo absurdo del fenómeno y por lo trágico que es saber que el queretano será candidato presidencial nuevamente en el 2024—al menos eso es lo que pretende—es que la respuesta haya sido la burla. Ni menciona siquiera el hecho de que el PAN y el PRI han solapado varias barbaridades legislativas de MORENA— el populismo penal de aumentar el catálogo de delitos de prisión preventiva oficiosa, por ejemplo—o que muchos de quienes hicieron campaña con él ahora están en MORENA, como Felipe de Jesús Cantú o Víctor Fuentes. 

Siguiendo con el siguiente ejemplo, pregunto qué pensarán en el corporativo de IKEA en Estocolmo al enterarse que dos de sus peluches de simio aparecen como champiñones en el bosque en el Twitter mexicano. 

A diferencia de la burla a Anaya, este particular meme es flexible en cuanto a su objetivo se refiere. Ya sea AMLO con su desdén por el movimiento feminista, o la bancada del PRI dando pena en la discusión sobre la despenalización del uso lúdico de la marihuana en la Cámara de Diputados, Lupe y Joakin han sido un medio por el cual la hipocresía y el doble discurso de la clase política es evidenciado. 

Ahora bien, me parece que esta discusión no existe en el vacío. Vivimos en un país donde Carmen Salinas, Paquita La del Barrio, Cuahutémoc Blanco, Tinieblas y Blue Demon Jr. son actores políticos. Son personas que buscan y consiguen puestos de elección popular. ¿Me quieren decir que ellos son las mejores personas para hacer nuestras leyes y para crear política pública que ayude a resolver los incontables problemas que tiene el país? Mientras la clase política no se tome en serio el quehacer público, seguirá habiendo apatía y desconfianza por parte de la ciudadanía. 

Debo decir, estimada lectora, que mi intención no es hacer un análisis rebuscado y exagerado sobre lo que es básicamente una broma bastante simple.  Tampoco quiero decir que con solo pasarse todo el día en Twitter o Facebook es estar políticamente activo, o que sea un sustituto para la participación en causas particulares—llámese derechos de los migrantes, derechos medioambientales, transparencia y rendición de cuentas—. Lo que sí quiero decir es que el compartir memes es una forma de participar en la discusión pública.

¿Qué hay acerca de la forma en que los algoritmos de Twitter, Facebook y Youtube enmarcan de cierta manera las cosas que vemos en esas plataformas, creando cámaras de eco y donde el sesgo de confirmación (confirmation bias) pulula de forma grotesca, y también cómo ello influye en la forma en que la agenda política, social y cultural toma forma? Ese es, en efecto, un ave de otro corral, lagañita de otra pestaña. 

REFERENCIAS

1. Meme, Urban Dictionary

2. Jonathan Wolff, “Filosofía Política. Una Introducción”, Editorial Ariel, traducción de Joan Vergè Girfa, p. 17

3. https://laopcion.com.mx/juarez/se-atasca-camioneta-de-ricardo-anaya-en-villa-ahumada-20210319-316569.html

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