La experiencia de una paciente y estudiante de Psicología Clínica

Una estudiante de Psicología Clínica comparte lo que ha aprendido al vivir con depresión y ansiedad

Imagen de: Now Toronto

Por: Sarah Martínez | smme98@gmail.com

Hace un par de años estaba enferma con una depresión mayor muy fuerte. Para esto, yo ya había estado en terapia por unos meses y medicada desde años atrás. Sin embargo, nada de esto había ayudado en lo absoluto. Sufría constantemente de ataques de pánico, sentía un vacío infinito dentro de mi pecho y percibía una sensación de desdicha, como si de pronto mi vida se fuera a acabar. Mi peor miedo era que algún día me cansaría de estar luchando y que me quitaría la propia vida. 

Vivir con depresión y ansiedad es ir por la vida con lentes oscuros que nublan cualquier sentimiento de felicidad que puedas encontrar. Por más que sales y buscas sentirte mejor, la angustia te consume y solo puedes ver lo negativo. Y lo más difícil es que tu peor enemigo vive dentro de ti, haciéndote sentir culpable por sentimientos que no puedes controlar. 

Ahora que ya estoy mejor, puedo ver cómo la depresión me consumía, y a pesar de que me siento mucho mejor, me duele bastante tratar de describir lo que en algún momento sentí. Era una constante pelea conmigo misma. Me odiaba infinitamente cada vez que no me podía levantar en las mañanas. Me insultaba cada vez que me sentía tan cansada como para bañarme o comer. Me sentía como una carga para las personas que me rodeaban y lo único que quería era aislarme del mundo entero para seguir ahogándome en mi tristeza. 

Y es que, al combinar la depresión con la ansiedad, vivir era realmente un juego de tratar de no ahogarme en mis propios pensamientos. Estos me encarcelaban en un círculo vicioso y catastrófico donde todo en mi vida iba mal y, por lo tanto, todo en mi vida siempre iría mal. Y empezaba con algo pequeño, como que me fue mal en un examen, y terminaba con pensamientos de que sería un fracaso de por vida, y que mis amigos y mi familia se alejarían de mí por esto, siendo infeliz por siempre.  

A veces queremos ponerle nombre floreado a estas cosas. Decir que no nos amamos lo suficiente, o que necesitamos trabajar más en nosotros mismos y en nuestra autoestima. Pero nunca es tan fácil como parece. Cuando llevas años pensando que eres el peor ser humano del planeta, a veces tu realidad se transforma, y no hay manera de verlo diferente. Recuerdo sentirme cansada de tratar de cambiar ese pensamiento, y pensar que mi día de descanso sería el día que yo falleciera. 

Hace tres años traté de quitarme la vida, aunque pronto me arrepentí. Y hace dos años comencé un nuevo tratamiento, ahora con el pensamiento de que nunca más dejaría que mi depresión me llevara a un intento de suicidio. 

Y aunque sé que cada historia es diferente, y que mi situación no es la de todo el mundo, creo que algo he aprendido en estos años de tratamiento psicológico. Por esta razón quiero mencionar un par de conocimientos que he adquirido en este tiempo: 

  • Primero, yo siempre vi mi proceso terapéutico como un túnel. Al principio, lo único que podía ver era negro, la luz llegaba un día y se iba al siguiente, y esto solía dejarme desconsolada y ansiosa por el siguiente golpe de tristeza que me derrotaría. Y es que el proceso terapéutico a veces puede ser largo y tardado, pero por eso recomiendo paciencia, no para el terapeuta o para la terapia, sino para nosotros mismos. 
  • Las recaídas son justas y necesarias. A veces tenemos miedo de que si recaemos no volveremos a levantarnos, pero parte del proceso es aprender de cada recaída que tengamos, siempre viendo hacia adentro, buscando qué es lo que nos hizo tropezar.
  • Tu mejor amigo es el conocimiento que ganes de ti mismo. Entre más te conozcas, tus fortalezas, tus debilidades, tu personalidad y tu historia, es más fácil que empieces a reconocer qué es lo que te llevó a esa depresión, y cómo poder evitarla en un futuro. 
  • La confianza en tu terapeuta es esencial. Una vez vi un video sobre los tratamientos psicológicos, este decía que el terapeuta se convierte en tu primera buena relación, y esa es la mera verdad. Esta es una persona que reconoce tus emociones y las valida, es alguien que activamente te trata de entender y te ayuda a darle sentido a esos pensamientos. Si no existe confianza con tu terapeuta, lo más probable es que el proceso sea mucho más extenso y menos funcional. 
  • Hablar de tu proceso con tu red de apoyo es de lo mejor que puedes hacer. Todavía recuerdo a una amiga que todos los días me acompañaba a comer y se aseguraba que lo hiciera porque había días enteros en donde no sentía hambre. Las personas a nuestro alrededor se preocupan por nosotros y buscan nuestro bienestar. Y esta red de apoyo no tiene que ser necesariamente nuestra familia (aunque si existe la oportunidad no se debe de descartar), pueden ser tus amigos cercanos, tu pareja, tus maestros, u otras personas. 
  • La rutina y el cuidado personal son herramientas ejemplares para llevar tu tratamiento a otro nivel. Habrá días que no te querrás bañar, no querrás tomarte tu medicamento, no querrás comer ni asistir a tus clases o al trabajo. En estos días hay que obligarnos a hacer todas estas cosas. Si nos cuesta mucho, el sostenernos de nuestra red de apoyo puede ayudar. Cuando nuestro cuerpo tiene sus necesidades cubiertas, es más fácil que te sientas mejor en el día. 
  • La meditación es la cosa más molesta pero más útil del planeta. Cuando empecé a meditar, lo odié. Mis pensamientos estaban por todos lados y el estar sola con ellos solo me hacía sentir peor. Pero con la práctica (muchas veces forzada) aprendí que la meditación ayuda a aceptar los pensamientos malos también, y a quererlos igual que los pensamientos buenos, ya que todos son parte de nosotros mismos. 
  • Déjate sentir. Si un día te sientes triste y no quieres pararte de la cama en la mañana, date el tiempo para sentir esa tristeza. Abrázala y quiere a tu cuerpo por dejarte sentir de esa manera ese día. Si te sientes enojado, siéntete enojado, pero bien. Golpea una almohada, anota todas esas cosas que te enojan y quémalas, quéjate con tu mejor amigo por horas en el teléfono, pero siente el enojo, no lo reprimas ni te lo guardes. A veces cuando evitamos sentir todas estas emociones negativas, se nos empiezan a acumular, y sin darnos cuenta explotamos días después ya sea llorando descontroladamente, gritando a una persona que no se lo merece, o aún peor, volteando esas emociones negativas hacia nosotros mismos y expresándolas a través de acciones autodestructivas.  
  • Finalmente, y pienso que es el consejo que más suelo dar, trátate a ti mismo como lo harías con tu mejor amigo. Si no permitirías que tu mejor amigo se llame a sí mismo inútil o tonto, ¿por qué te lo dirías a ti mismo? Si tu amigo viniera diciéndote que se siente pésimo y que tiene pensamientos muy negativos de sí mismo, ¿qué le dirías? Si tu mejor amigo tuviera un día difícil, ¿qué harías para mejorarlo? Cuando empecé a tratarme como lo hacía con los demás, entendí que me solía juzgar de manera injusta en comparación a los otros, y que muchas veces perdonaba a los demás fácilmente y me culpaba a mí misma en situaciones que no lo ameritaban. 

Actualmente llevo dos años de terapia, y aún tengo días en los que no me quiero parar de la cama, ni bañarme. Hay noches en las que no duermo por todo el flujo de pensamientos que me consumen, y siento esa oscuridad tratando de apoderarse de mí una vez más. 

Pero en esas noches en las que me siento como solía sentirme, recuerdo esos momentos en los que me sentía tan triste que juré nunca volver a sentir felicidad, y aún así volví a sentirla meses después. Recuerdo esas madrugadas en donde me sentí tan mal, pero siempre estaba alguien ahí para contestar a las 2 de la mañana y hacerme reír. Recuerdo a mis papás obligándome a salir a las ocho de la mañana los sábados para que no me quedara dormida todo el día. Recuerdo a ese amigo que buscó cómo ayudar a alguien con ataques de ansiedad para la próxima vez que yo le hablara llorando por uno. Recuerdo todo esto y reconozco que los momentos difíciles siempre estarán ahí, pero también los momentos felices que me recuerdan que vale la pena seguir luchando. 

Imagen de: Postdata

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