FIL 2022: Más que una feria

Del 8 al 16 de octubre se llevó a cabo la trigésima Feria Internacional del Libro en Monterrey. Aquí una asistente relata su experiencia:

Por: Myrel Izaguirre | @fantasiasmyrel

Cuando decidí estudiar literatura no pensé que pasaría casi cinco años de mi vida leyendo –o intentando leer– tres libros por semana. Algo que hacía por diversión terminó convirtiéndose en una carga para mí y terminé agotada de leer; comencé a dedicar mi tiempo de ocio a ver películas y series. 

Cuando me gradué, mi relación con la lectura estaba tan dañada que hasta tomar un libro me dejaba asqueada. Tal fue mi sorpresa cuando hace algunas semanas me sentí emocionada porque habían anunciado la trigésima edición de la Feria Internacional del Libro de Monterrey (FIL). Quizás fue la nostalgia, porque de repente recordé lo feliz que me ponía ir con mis amigas de la carrera a comprar libros, ir a mis primeras pláticas sobre feminismo o encontrar alguna edición considerada inencontrable. Sobre todo, extrañaba sentirme emocionada con algo que se relacionara a la literatura. 

El 8 de octubre, el primer día de la FIL, llegué a Cintermex porque un maestro que me dio clase en Zoom vino desde la Ciudad de México a presentar un libro, fue la primera vez que lo vi en persona y me firmó la obra en la que había trabajado por años. Mientras recorría los pasillos noté que había un “Pabellón de la Niñez”, un espacio dedicado a las infancias en el que habría obras de teatro, talleres y distintas actividades para fomentarles el hábito de la lectura. Me llenó de esperanza por una nueva generación lectora, porque mi amor por la literatura comenzó cuando era niña, mientras leía cuentos de princesas.

Lo que sucede cuando estudias Letras es que te das cuenta que la gente que te rodea no está acostumbrada a leer, entonces el hecho de ir todos los días a la FIL y ver puestos y librerías llenas fue inesperado, pero altamente grato. “¡Mira, ese es el libro que nos mencionó el profe!”, dijo una niña mientras apuntaba el Manifiesto Comunista. Además de provocar ternura, este suceso me hizo estar más pendiente de las interacciones de las demás personas. Me encontré buscando las sonrisas de la gente cuando llegaban a los puestos a preguntar por títulos y les daban el ejemplar que querían. 

También me puse a buscar la emoción en los ojos de lxs demás cuando veían a unx de sus autorxs favoritos. Ni hablar de cuando conseguían que les firmaran sus libros visiblemente anotados, sus textos atesorados. Yo misma sentí esta emoción cuando estaba en una charla de Elena Poniatowska y mencionaron que Diamela Eltit, una autora chilena que he admirado por años y jamás pensé conocer, se encontraba en la audiencia. Eso me hizo casi seguirla hasta poder conseguir una foto y su firma, no podía dejar pasar esta oportunidad. 

Me sorprendió bastante la invitación de Gilles Lipovetsky, un filósofo francés que participó en dos eventos, ambos fueron en lengua francesa. La FIL se encargó de darle a lxs asistentxs audífonos en los que se escuchaba una traducción al español en tiempo real. Este no fue el único uso de tecnología que me asombró, pues también hubo una charla con Isabel Allende por medio de un holograma. Ella se encontraba en el sofá de su casa en California y, a su vez, también estaba frente a decenas de personas en Monterrey.

Creo que este año la FIL cumplió con su propósito de poder acercar la lectura a la gente. La entrada fue gratuita, pero los libros son artefactos caros. Hubo un día en el que realizaron una venta nocturna y las casas editoriales más grandes como Océano o Penguin Random House no tenían descuentos, mientras que el Fondo de Cultura Económica y el puesto de la Universidad Autónoma de Nuevo León regalaban libros. Eso sí, todas las conferencias y firmas fueron gratuitas, ninguno de los eventos de esta FIL tuvo costo alguno. Incluso tuve la oportunidad de ir a una presentación de un libro de libre acceso, las autoras compartieron un código QR para que se pudiera descargar automáticamente1.

Otra cuestión inesperada fue la presencia de un estado invitado, el de este año fue Coahuila. Solo había visto algo así en la Feria del Libro de Guadalajara, la segunda más grande del mundo, donde cada edición hay un país invitado, como India (2019) o Perú (2021). Esta fue la trigésima edición de la FIL de Monterrey, tengo 23 años y evidentemente no he asistido a todas, pero nunca antes había visto que se le diera un espacio a otro estado de la República. 

No solo eso, tampoco recuerdo haber visto a un gobernador inaugurar y clausurar la feria. En esta ocasión, creo que fue benéfico para la FIL el hecho de su presencia y la de su esposa pues usaron sus plataformas para otorgarle difusión. Y es que, las personalidades regias pueden llegar a atraer más público que muchxs autorxs reconocidxs. Recuerdo haber visto una aglomeración de gente en los pasillos y acercarme para darme cuenta que estaba el Arquitecto Benavides dando una entrevista, había niñxs, adultxs y personas mayores, todxs igual de emocionadxs. 

Durante toda la semana yo también me sentí maravillada. Pude ver a mis colegas, mis antiguas amistades de la carrera presentar libros en los que habían participado. Ver sus nombres impresos en los libros fue una experiencia tan surreal y placentera a la vez. Ya dejamos atrás los días de vernos diariamente en el salón de clases, pero creo que al menos ahora, cada año, podré esperar a que sea octubre para poder reencontrarnos. Volver a verles en un espacio donde el amor por la literatura es palpable y donde, además, están haciendo lo que les gusta me llena el corazón de felicidad.

No me queda más que esperar un año para volver a experimentar esta emoción, para recorrer de nuevo los pasillos de la FIL. Mientras tanto, me pondré a leer los libros que compré en esta última semana porque, si de algo sirvió esta feria, fue para sanar mi relación con la literatura.


1.  El libro en cuestión es “Las filósofas que nos formaron: injusticia, retos y posibilidades en la Filosofía” de Aurora Georgina Bustos Arellano y Jocelin Martínez. Descárgalo aquí.

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