Fearless (Taylor’s Version) y las palabras que le daría a mi versión adolescente

Para muchos, las canciones de Taylor Swift funcionan como acompañamiento y recordatorio de que alguien más ha sentido lo mismo que ellos

Por: Beatriz Martínez | @beamzuniga 

Últimamente he pensado mucho sobre las avalanchas de sentimientos que me derrumbaban o elevaban hasta las nubes en los años de secundaria, esa etapa caracterizada por las abruptas emociones y el molesto acné. A veces pienso que me obligué a ser demasiado fuerte y distante de mí misma; a ver todo lo sentimental como una debilidad. Seguido me invaden las ganas de regresar el tiempo, abrazar a mi versión adolescente y hacerme saber que, en realidad, merecía imaginarme esos escenarios cursis; que llorar no significa ser tonta; que la vulnerabilidad es valiosa; que querer dar y recibir ternura es normal y está bien; que nunca más tendré 13, 14 o 15 años de nuevo; y que, de hecho, el tiempo pasa y todo avanza, aunque en esos días todo se sintiera como el fin del mundo. 

El más reciente álbum de Taylor Swift ha tenido bastante que ver con esto. A diferencia de muchas amigas, esta nueva versión de Fearless es la primera que escucho completa, pues por allá del 2008-2010 yo estaba muy ocupada siendo fan de algún otro contenido de la cultura pop. Aún siendo apenas una niña caí totalmente en las narrativas capitalistas y patriarcales: “qué hueva escuchar a esa chava que solo canta sobre sus exes”, porque escribir sobre sentimientos es una cursilería y pérdida de tiempo, porque, “¿qué no puede escribir sobre algo más? Qué traumada”. Al menos eso recuerdo que pensaba. Eso y que el country no era cool, debo admitir. ¿Quién diría que, unos años después, justamente serían esa honestidad y pluma empapada de emociones las razones por las cuales esperaría con ansias cada una de sus nuevas creaciones? 

En general, la lírica de Taylor ha sido siempre la principal causante de su popularidad y justamente la razón por la cual comencé a escucharla. Hay una sensación cálida característica del momento en el que encuentras palabras que te abrazan brindándole compañía a tus sentimientos al ser tan exactas para ellos; ¿no es esa la magia del arte en sí? Las canciones de Taylor Swift son acompañamiento durante los corazones rotos que se sienten como tormentas interminables, pero también lo son cuando te crees protagonista de una comedia romántica por los altísimos niveles de amor y fantasías que te consumen hasta el último segundo del día. Son un recordatorio de que alguien más ha sentido lo mismo que tú, que no estás loca, que tus sentimientos son válidos.

A pesar de tener mínimos cambios en algunas líneas, Fearless (Taylor’s Version) resguarda la pasión y emoción que un corazón en plena exploración trae intrínsecamente consigo. 

Al menos así lo siento cada vez que escucho “Hey Stephen”, “Love Story” o “The Way I Loved You” e inmediatamente me remonto a las primeras veces que mi corazón se aceleró por una persona; a las tardes de imaginarme qué pasaría si tuviésemos una cita y preguntarme qué ropa usaría, a dónde iríamos, si sería ese el escenario de mi primer beso. Me recuerdan también la pasión incondicional que se sentía en cada intercambio de palabras o miradas; o los nervios incomparables al tomarle la mano a la persona que me gustó en esos años en los que pensaba que jamás podría volver a sentir algo así de fuerte en la vida. 

Resulta imposible no regresar en el tiempo cada que suena “White Horse” o “You’re Not Sorry” y deseo haberlas descubierto años atrás, en esas noches de las primeras decepciones, almohadas empapadas de lágrimas y un dolor profundo en el pecho que me explicaba por qué le llaman “corazón roto”. Creo que, de haberlas escuchado en ese entonces, habría sido más sencillo recordar que había vida; que existía un mundo gigante y una infinidad de posibilidades más allá de esos muchachos que marcaron mis inicios en el amor. Quizá también me habrían ayudado a saber que estaba bien sentirme decepcionada, pero que eso no debía significar la pérdida total de la ternura y las esperanzas, pues sí merecía cariño y no solamente desilusiones. 

También vuelvo a encontrarme con esa versión más joven de mí cuando cada verso de “Best Day” causa que se me empapen los ojos al pensar en mi mamá y todas las veces que la necesité en la adolescencia, pero mi miedo a verme demasiado necesitada de atención me detuvo de decírselo. Lloro también por cada vez que ella ha estado para mí, abrazándome y escuchándome a lo largo de cada enamoramiento y corazón roto, siempre animándome a sentir y expresarlo.

Igual sentí este regreso a la adolescencia al descubrir “Change”. Enseguida pensé que me habría gustado cantarla cada vez que me sintiera pequeña, perdida y confundida, sin saber muy bien qué quería de la vida o qué me traería esta misma; abrumada por ser solo una persona frente a un mundo gigante. Me parece que me habría ayudado en esos años con sueños muy grandes y lejanos de mi ciudad de nacimiento, cuando estaba llena de esperanzas y no tenía experiencias de vida más allá de esas calles que no se comparan con las grandes avenidas de la metrópolis.

Y no hay manera de no viajar en el tiempo al escuchar “Fifteen”, especialmente ahora que estoy más alejada de mis quince años que la primera vez que la escuché (esta es una de las pocas canciones de Swift que sí conocía cuando era más pequeña). Con estos versos recuerdo la inocencia y los sueños de ese entonces. También lloro pues al escucharla me recuerdo en ese entonces, cuando tenía quince, y descubro que he crecido, cambiado y aprendido tantísimo. Cantarla significa voltear a ver una vida pasada e inundarme de ganas de abrazarme y quererme a mí misma muchísimo más de lo que lo hacía en ese entonces. También significa pensar en todo lo que me gustaría decirle a mi yo de 15 años: que merecería estar ahí para mí misma, recibirme con cariño y paciencia; que quedaban muchísima vida, metas y sueños más allá de la preparatoria; y que yo siempre estaría completa, sin necesidad de una pareja o amores a medias. 

Escuchar estas y el resto de las canciones del álbum es un viaje a esa etapa en la que apenas comenzaba a ser más consciente de mí misma, mis emociones y los efectos que estas tenían en mí. Y aunque me encantaría volver y sentir de nuevo todo, ahora libremente, sin regañarme ni juzgarme, al menos puedo tener la certeza de que ahora sí lo siento todo: lo bonito y lo doloroso; lo que me hace agradecer por tener este corazón y lo que me hace no querer albergar ni un solo sentimiento en este cuerpo. 

Finalmente, quizá eso es lo que más le agradezco a este álbum y al resto de las canciones de Taylor Swift: el recordarme que está bien llorar, escribir los párrafos más melosos, sentir, romperme y, sobre todo, saber que puedo volver a comenzar. Es cierto, definitivamente no volveré a sentir la adrenalina de las primeras veces que llegan durante la adolescencia, pero el amor, la ternura y los sentimientos en general, no se agotan, como parecía en esos apresurados años. 

Ahora sé que no está mal ser cursi, escuchar pop, entregar el alma en cada canción aunque no sea la mejor cantante, que nunca he sido ni seré ridícula por ser una misma con este corazón que a veces siente demasiado, que en esos años de adolescencia merecía más, pero aún puedo dármelo en este presente. Ahora sé que hay más por venir; que siempre hay más por venir. 

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