Amor propio con fecha de expiración

El valor de las mujeres, ante los ojos de corporaciones y la industria de los medios, proviene de lucir jóvenes y hermosas. Con el paso del tiempo, este valor se ve amenazado y comienza a ser origen de angustia

Por: Karla Ortiz

“but if I gave up on being pretty, I wouldn’t know how to be alive”

Brand New City de Mitski

Escribo este texto siendo una mujer universitaria de veintitrés años: estoy a punto de iniciar mi vida laboral y vivo mis primeros años como adulta joven. Aun así, además de las mil y un angustias que alguien que está a meses de graduarse pueda sentir, me da terror envejecer. Debería ser un oxímoron: tengo veintitrés años y me aterroriza la idea de envejecer. Cuando me imagino despidiéndome de mi juventud y su belleza, siento que es un proceso en donde perderé un poco de mí y de mi valor. ¿Y lo más triste de esto? No soy la única entre mis amigas y mujeres conocidas que siente lo mismo. 

Para hablar de belleza se deben de considerar los estándares que existen alrededor de ella. Casi todas las culturas que han existido en el mundo se han regido bajo algunos de ellos, que a su vez han cambiado drásticamente con el tiempo. A menudo, en pueblos originarios y poblaciones del sur global, estos habían sido muy distintos a los estándares de los países hegemónicos. Sin embargo, durante las últimas décadas, con el alza de la globalización, los medios de comunicación internacionales y en general la interconexión global, se han establecido ciertos ideales que se han propagado en una velocidad jamás antes vista. De igual manera, con el crecimiento anual de la industria de la belleza es prácticamente imposible escapar de las tácticas de marketing que encuentran su camino de perseguirnos en cualquier esquina ––o pantalla–– que miremos. 

Al pensar y hablar con amigas sobre este tema, creo más en la idea de que una de las razones del porqué de este miedo a envejecer parte de la angustia de las mujeres de perder capital social ante el mundo. Paola M., una de mis mejores amigas desde la secundaria, es una estudiante universitaria de 22 años a la cual entrevisté para esta nota. Al preguntarle desde cuándo empezó a percibir cambios en su percepción de imagen respecto a su relación con la belleza, reflexionó que siempre ha tenido una presión de su imagen, ya que desde muy pequeña se dio cuenta que no encajaba con los estándares de belleza de la sociedad. “Siempre habían sido por cuestiones como mi peso, complexión, mis rasgos de la cara… ahora, después de un largo proceso, he aceptado mi belleza; sin embargo siento como si hubiera un límite de tiempo de cuánto me puede durar esta belleza en mí…”.

¿De dónde viene este reloj invisible que nos susurra cada vez que encontramos algún presunto defecto nuevo en nuestras caras o cuerpos? Considero que uno de los factores más grandes proviene de los medios que consumimos todos los días, ya sea de manera voluntaria o no. Mientras menos proximidad al poder tenemos, más las corporaciones, en este caso la industria de la belleza, buscan capitalizar nuestro deseo de alcanzarlo. Si tomamos en consideración que desde que hemos sido niñas se nos ha adoctrinado la persecución de un ideal de perfección que no existe, no resulta descabellado pensar en lo fácil que es para tantas mujeres caer en espirales de inseguridad desde que han sido receptoras del mundo que las rodea. Entonces, sucede que dichas inseguridades son fabricadas y difundidas por agentes de la supremacía blanca y el patriarcado capitalista. De esta manera, las mujeres han aprendido que su yo natural inalterado es la antítesis de lo que significa ser una persona de valor. Nuestro valor como mujeres, ante los ojos de corporaciones y la industria de los medios, proviene de lucir jóvenes y hermosas. 

Tressie McMillan, académica y crítica cultural estadounidense, ha escrito ensayos sobre su relación con la feminidad siendo una mujer negra, la belleza en una sociedad capitalista, la movilidad de las clases sociales y más. En Thick: And Other Essays menciona lo siguiente: “La belleza no es un buen capital. Compone [parte de] la opresión del género. Constriñe a quienes se identifican como mujeres en contra de su voluntad. Cuesta dinero y exige dinero. Coloniza. Duele. Es doloroso. Nunca se puede satisfacer por completo. No es útil para el florecimiento humano. La belleza es, como todo capital, meramente valorable”. En industrias como la de la belleza ––la cual tiene ingresos de 80.73 mil millones de dólares a nivel mundial–– , la dependencia de sus consumidores es vital para el mantenimiento de su respectivo imperio económico. En otras palabras: la creación y promoción de las inseguridades de millones de mujeres alrededor del mundo defiende los intereses de aquellas personas que se benefician económicamente de ellas. 

Sería ingenuo pensar que los estándares de belleza solo afectan a las mujeres, en especial si se consideran los crecientes índices de desórdenes alimenticios en hombres y hasta la preocupante alza de foros de incels desde hace unos años. Sin embargo, la juventud y su belleza nunca han sido determinantes sistémicos del valor masculino. Al contrario, un hombre es celebrado por su sabiduría obtenida a lo largo de los años y sus arrugas demuestran personalidad y carácter: significa que ha vivido. En el caso de las mujeres, sus canas significan descuido y desaliño, las arrugas demuestran que no se ha cuidado lo suficiente y si decide realizarse un procedimiento cosmético es criticada: se dice que no es auténtica, que lo está intentando demasiado por aparentar lo que no es. Por otro lado, si celebra su envejecimiento se le margina de su valor y se le compadece por sentirse cómoda en su estado natural. 

Tomando en cuenta lo anterior, no resulta sorprendente escuchar que mientras más años tenga una mujer, es común que la atención que recibe por parte de hombres decrece a comparación de sus años como adolescente. “Definitivamente entre más crezco, la atención masculina va bajando, especialmente en hombres mayores. Es decir, exactamente cuando yo tenía 18 años, más hombres que eran 5 a 10 años mayores que yo me invitaban a salir, [a comparación de] mis 22 años…  Ahora, siento más el cómo la relevancia de la mujer [ante] los ojos de la sociedad se enfoca en las edades de 17 a 19 años”, compartió Paola. Ser bella, siendo mujer, ha sido requisito y equivalente a ser joven durante mucho tiempo. Esto se puede explicar mayormente por la noción patriarcal de que la sumisión y la ingenuidad son vistas como dos características innatamente femeninas: como un determinismo biológico para tratar de justificar la injusticia como un hecho inamovible, en lugar de verlo como un producto más de la opresión. 

Entonces, ¿qué podemos decir a la hora de escuchar a mujeres jóvenes (o hasta a una misma) producir un discurso de angustia ante la posibilidad de envejecer? Antes que nada, reconozcamos que no es nuestra culpa ni mucho menos una cuestión de responsabilidad individual. En las culturas donde el valor de la vida de una mujer se define en gran parte por lo bien que cumple con la construcción patriarcal de qué es ser atractiva, la responsabilidad debe de recaer en las figuras públicas y en los medios de comunicación para detener la hipermercantilización de la belleza. La devoción que muchas mujeres tienen por prolongar su juventud no es de ninguna manera un esfuerzo superficial puesto que es una forma de enfrentar y evadir el dolor de perder aún más su capital social y una de las bases más notables respecto a su valor propio ante la sociedad. Si bien la búsqueda hacia la belleza es algo que ha existido durante el paso de los siglos en todo el mundo, debemos de reconocer que esta no define nuestro valor, y a su vez tenemos que ser críticas con los estándares de belleza que internalizamos y su porqué. Mientras seamos libres de ellas, es importante tener estas discusiones entre mujeres respecto a nuestra relación con la belleza y nuestros cuerpos: cuestionemos cómo es que las industrias se benefician de crear y promover inseguridades y tendencias nuevas para que así, nunca seamos suficientes.

Comparte en:

Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on whatsapp
WhatsApp