Allí, donde nada pasa, es que todo también pasa

El noreste de México es un lugar de violencia que permea en las vidas de todos sus habitantes. Este es el sentir de una de ellas.

Bea M. Zúñiga | @beamzuniga 

El viernes 22 de octubre en Matamoros, Tamaulipas, se desataron una serie de enfrentamientos y balaceras, causando varias muertes, entre las cuales se incluye a quien fuera jefe de una plaza de un cártel en la ciudad. 

Eso no lo supe esa noche. Eso apenas lo sé varios días después, al comenzar a escribir esto. No sé si es porque en los medios de Matamoros nadie lo publicó o quizá simplemente porque en su momento no me interesó. Cuando la ciudad entera arde y las redes sociales se inundan de fotografías de camiones en llamas o cuerpos abatidos, las explicaciones pasan a un segundo plano. 

En ese momento seguí la rutina usual que comienza cuando recibo un mensaje por WhatsApp alertando sobre el peligro. Pasos a seguir: leer el mensaje; abrir Twitter; buscar “Matamoros”; ir a la sección de “Recientes” para mantenerme al corriente de lo que va pasando. La información más verídica se encuentra en forma de tweets, publicaciones de Facebook, videos grabados con celulares en medio de la calle o desde alguna casa. La comunicación, en estos casos, se hace desde la colectividad de las redes sociales, desde cuentas personales compartiendo lo que van viviendo.

He vivido otras balaceras antes; ¿quién no ha vivido una o varias cuando se vive en el noreste del país? Y aún así cada vez que vuelvo a recibir noticias como esta tan súbitamente, regresa el mismo sentimiento de miedo, incertidumbre, impotencia. Nunca se ha vuelto normal, por más que intente normalizarlo. 

Recuerdo borrosamente las primeras veces que la palabra “balacera” comenzó a colarse en mi vida. No debía tener más de nueve años. La escuchaba en las noticias. La escuchaba en las conversaciones familiares. Siempre había una nueva anécdota que una tía o tío compartía: los malos, la maña, secuestro, la cuota, las explicaciones de las divisiones entre cárteles. Todos términos y palabras nuevas que fueron introduciéndose a las convivencias y a mi vocabulario de niña de primaria. Estas no eran solo conversaciones de adultos. Recuerdo la pijamada en la que mis amigas y yo compartimos las historias que cada una conocía. No sé si sólo éramos niñas intentando comprender lo que estábamos viviendo, si buscábamos compañía o si solo era una competencia para ver cuál historia era más inusual. Pero entre todo, permanecía el temor de que algo le pasara a mi mamá, a mi papá, a mi tía, en todas esas horas que no estaban en casa. Mi hogar nunca fue uno religioso, ni yo una creyente devota, pero las oraciones y la fe tuvieron sentido en esos años. 

Los anuncios de enfrentamientos y la inseguridad nunca dejaron de formar parte de la cotidianidad, pero a comparación de otras ciudades, tuvimos suerte pues hubieron temporadas en las cuales la ciudad fue más tranquila, dentro de lo que cabe. Es decir, sin estallidos de violencia tan constantes, al menos. Yo, por mi parte, comencé a pensar que quizá mi miedo y reacciones eran exageradas. Si mi familia salía a trabajar, si todo mundo repetía que “no puedes dejar de vivir por el miedo”, si para la gente mayor parecía algo con lo cual se podía convivir, entonces seguramente solo estaba siendo una niña miedosa. Seguro que los adultos y las adultas también tenían miedo, pero tenían también familias y vidas que sacar adelante. Seguro que necesitaron encontrar o crear las explicaciones más útiles para sobrellevar el día a día, para habitar una realidad a veces incierta, para encontrar paz en donde nunca la ha habido. Y seguro que esto no siempre es intencional: a veces solo toca adaptarse a la vida, no hay mucha más opción. 

He pasado unos años lejos de la frontera y es ahora que me siento aterrada de vivir en un intento de tranquilidad con la violencia. Sé que esto es resultado del privilegio, aunque eso nunca elimine las realidades marginalizadas. Recuerdo las primeras veces que estudiamos la guerra contra el narco en mis clases; resulta que existían hasta periodos definidos para hablar de esto, términos, autores y autoras. Resulta que no era normal ver a soldados en las calles; ni presenciar balaceras; ni tener simulacros al respecto en la primaria; ni quedarse horas de más en la preparatoria por los enfrentamientos en la ciudad. Nada de eso debió haber sucedido. Pero sucedió y sucede. Y no importa que haya pasado más de una década, ni que haya leído al respecto, me he descubierto a mí misma sintiendo el mismo terror. 

La noche del viernes no podía dejar de pensar en los múltiples camiones en llamas. Quizá de esos no había visto tantos antes. Pensaba mucho en Rita Segato, y aunque en ese momento no recordaba la cita exacta de la idea que resonaba en mi cabeza, sí la puedo incluir ahora aquí: 

“Si el acto violento es entendido como mensaje y los crímenes se perciben orquestados en claro estilo responsorial, nos encontramos con una escena donde los actos de violencia se comportan como una lengua capaz de funcionar eficazmente para los entendidos, los avisados, los que la hablan, aun cuando no participen directamente en la acción enunciativa” (Segato, 31). 

¿Qué funcionalidad tiene encender vehículos enormes en fuego, sino más que infligir miedo? ¿El mensaje directo, a través del terror, de quién tiene más poder? Cumplió su función en mí. Aún no logro hacer las paces con vivir con esto, al menos no en el sentido de perderle el miedo. Lo que sí he perdido bastante en el pasar de los años ha sido la esperanza o la ingenuidad. Me sorprendí a mí misma cuando ese fin de semana solo podía esperar que la corrupción hiciera lo suyo. Que volviéramos a la calma temporal, comprada y simulada de años anteriores. A mí me importa que mi familia esté bien. Que no me preocupe si mi mamá va a regresar a casa o llegar al trabajo en su turno de la noche. Que mi hermano y mi prima no tengan que entender de balaceras y bandos. Eso también me dio miedo: darme cuenta de que he sido empujada a ese rincón de rendición, de desesperanza.

Además de eso, últimamente el miedo ha venido mezclado también por una impotencia y frustración al intentar encontrar explicaciones. No me refiero a las académicas o técnicas que se encuentran en libros y conferencias. En el momento del miedo no me interesa saber qué se ha escrito y opinado sobre estos enfrentamientos, en oficinas lejanas. Es más una explicación existencial la que busco. No le encuentro lógica a que nuestras vidas puedan terminar al haber salido a cenar con la familia o que se viva con miedo por vidas enteras tan solo por el territorio que nos ha tocado habitar. No le encuentro sentido. No me parece justo, aunque ya sé que pocas cosas en esta vida lo serán. Ahí llega la impotencia, porque me sé pequeña, indefensa, desprotegida; me sé humana de la frontera entre México y Estados Unidos, me sé solo yo, frente a condiciones totalmente fuera de mi alcance o control. 

Al día siguiente, el sábado, el silencio de la mañana habría convencido a cualquiera de que la noche anterior había sido tranquila. Impartí una conferencia mientras los helicópteros seguían retumbando sobre el edificio donde me encontraba. Tuvimos una cena familiar. Algunas calles seguían bloqueadas, pero todos acordamos, colectivamente y sin cruzar palabra, continuar como si fuera un soleado sábado cualquiera. Si el fuego ya se había apagado, ¿qué pruebas quedaban de que algo hubiera estado mal? Es allí, donde el silencio puede a veces disfrazarse de una seguridad inventada, pero necesitada. Y allí, donde nada pasa, es que todo también pasa.

Referencias:

Segato, Rita. La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado. Buenos Aires: Tinta Limón, 2013.

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